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Mostrando las entradas de diciembre, 2025

LEER SI LIMITES -LUZ LEYDI

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  LAS MEDIAS DE LOS FLAMENCOS  HORACIO QUIROGA Las medias de los flamencos Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola. Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla. Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada, como un farolito, una luciérnaga que se balanceaba. Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada v...

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  EL HIJO Horacio Quiroga (1935) Domingo, 21 de diciembre— Cegado por el resplandor de las doce, don Guillermo oye a su hijo: —Chau, papá, me voy. —Bueno, hijo... ten cuidado. El padre levanta la cabeza y sonríe al muchacho de trece años que, cargando la escopeta St. Étienne, hace señas antes de perderse en el monte. Don Guillermo vuelve a su tarea: la construcción de un portalón. Aunque su vista es deficiente, no pierde de vista a su hijo. Tiene plena confianza en él; lo ha criado solo y ha puesto todo su empeño en que el muchacho sea responsable en el manejo de las armas. Sabe que a los trece años, un niño es todavía un niño, pero ha logrado inculcarle el respeto por la vida y el peligro. El hombre trabaja, pero cada tanto alza la cabeza y escucha. Cree oír un disparo, lejano. “Bien…”, piensa. “Está en la zona del bañado.” Una hora más tarde vuelve a oír otro tiro. El padre sonríe orgulloso: su hijo está cazando palomas o algún pájaro real. Todo está bien. Pero el calor...

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  LA TORTUGA GIGANTE Horacio Quiroga Un hombre que vivía en Buenos Aires estaba muy enfermo. El médico le dijo que se moriría si continuaba trabajando tanto y que debía irse al campo. El hombre se fue a Misiones, donde había muchas plantas, árboles enormes y animales desconocidos. Al principio estaba tan flaco y débil que no podía caminar; pero al cabo de un mes ya pudo hacerlo. Como no tenía nada que comer, decidió cazar. Sin embargo, sus piernas todavía eran demasiado débiles y no lograba atrapar animales. Un día salió con su rifle y, después de caminar bastante, encontró una tortuga gigantesca que pesaba más de cien kilos. El hombre ya se preparaba para matar a la tortuga, pero ella lo miró con tanta tristeza que sintió pena y decidió no hacerlo. Entonces pensó: —Si no la mato, ¿qué voy a comer? Pero la tortuga, como si comprendiera lo que él pensaba, se acercó despacio y puso su enorme cabeza sobre los pies del hombre. —Pobre animal… —dijo él finalmente—. No te voy a matar....

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  EL PUENTE INVISIBLE En un pequeño pueblo dividido por un río vivían Marcos y Lina , amigos desde que podían recordar. Crecieron jugando en la plaza, compartiendo tareas y caminando juntos a la escuela. Su amistad era tan firme como el viejo puente de madera que unía las dos mitades del pueblo. Pero un día, por un malentendido sin importancia, todo cambió. Marcos creyó que Lina se había burlado de él frente a unos compañeros, y Lina pensó que Marcos la había ignorado deliberadamente. Ninguno quiso hablar primero. Ninguno quiso pedir disculpas. Y así, poco a poco, la distancia se hizo más grande que el río mismo. Comenzaron a cruzarse sin mirarse. Pasaban por el puente con el corazón apretado, deseando que el otro dijera algo, pero sin reunir el valor para hacerlo. Una noche, una tormenta feroz cayó sobre el pueblo. El viento rugía entre las casas, y la lluvia golpeaba con tanta fuerza que parecía querer borrar todo a su paso. Cuando amaneció, los vecinos descubrieron que e...

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  El príncipe feliz Oscar Wilde En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada. Por todo lo cual era muy admirada. -Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico. Y realmente no lo era. -¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito. -Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa. -Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberb...